Villette
Villette La joven condesa era un poco orgullosa y exigente: con su delicadeza natural y su hermosura, quizá tuviera derecho a serlo; pero creo que era un error garrafal atribuirme a mà también esas cualidades. Nunca eludà el saludo de la mañana, que Paulina se ahorraba siempre que podÃa; ni contaba con cierta dosis de frÃo desdén entre las armas de mi arsenal defensivo; Paulina, por el contrario, lo tenÃa siempre a mano, brillante y afilado, y cualquier comentario zafio de la alemana la empujaba a blandir su fulgor acerado.
La honrada Anna Braun, en cierta medida, era consciente de esa diferencia; y, mientras medio temÃa, medio adoraba a Paulina, como si fuera una especie de delicada ninfa —una Ondina—, buscaba refugio en mÃ, un ser mortal, de temperamento más apacible.