Villette
Villette Paulina se ruborizó, medio ofendida, medio avergonzada.
—Vamos, Lucy —dijo—, no tendré en cuenta sus palabras. Está bien que papá me considere una niña, casi prefiero que sea asÃ, pero usted sabe y deberÃa reconocer que estoy a punto de cumplir diecinueve años.
—DirÃa lo mismo aunque tuviera veintinueve; no anticiparemos unos sentimientos conversando y discutiendo sobre ellos: será mejor que no hablemos del amor.
—Y ¿por qué no? —se apresuró a exclamar ella, toda acalorada—. Puede reprenderme y ordenar que guarde silencio, pero no es la primera vez que hablo de ese asunto, y también he oÃdo decir cosas sobre él; y muchas, sobre todo últimamente, cosas desagradables y terribles que a usted no le parecerÃan bien.
Y la criatura enojada, triunfante, bella y traviesa se echó a reÃr. No supe a quién se referÃa, y tampoco se lo pregunté: me quedé desconcertada. Al ver, sin embargo, la inocencia reflejada en su rostro, mezclada con cierto fastidio y malicia pasajeros, me animé a decir:
—Y ¿quién le cuenta esas cosas tan desagradables y terribles? De todos sus allegados, ¿quién osa hacerlo?
—Lucy —replicó con más suavidad—, es una persona que a veces me hace sufrir; me gustarÃa que no se acercara a mÃ… No es de mi agrado.