Villette
Villette —Me sorprende que no se sienta más halagada por todo esto —prosiguió—: Se lo toma con una extraña serenidad. Si realmente es tan insignificante como creÃa antes, debe de ser una mujer de carácter.
—¡Tan insignificante como creÃa antes! —repetÃ, y sentà que mi semblante enrojecÃa.
Pero no quise enfadarme: ¿qué más daba que una colegiala empleara con tanta crudeza la palabra «insignificante»? Asà que le dije que madame Beck y su prima se habÃan limitado a tratarme con educación; y le pregunté «qué veÃa en la cortesÃa para arrojar a quien es objeto de ella a un mar de confusiones».
—Una no puede evitar sorprenderse de algunas cosas —insistió.
—Sorprenderse de las maravillas que inventa. ¿Ha terminado por fin de arreglarse, Ginevra?
—SÃ; déjeme cogerla del brazo.
—Prefiero que no lo haga: iremos una al lado de la otra.
Cuando me cogÃa del brazo, tenÃa la costumbre de apoyar todo su peso en mÃ; y, como yo no era ni un caballero ni su enamorado, lo detestaba.
—¡Vaya! —exclamó—. Sólo querÃa mostrarle que me parecÃan bien su vestido y su aspecto en general: era un cumplido por mi parte.