Villette

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—¿De veras? En pocas palabras, ¿deseaba expresar que no se siente avergonzada de que la vean en mi compañía por la calle? Que si la señora Cholmondeley estuviera acariciando su perrito faldero junto a una ventana, o el coronel de Hamal escarbándose los dientes en un balcón, y alcanzaran a vernos fugazmente, ¿usted no se avergonzaría de mí?

—Sí —contestó ella, con aquella naturalidad que era su mejor atributo (y que daba un aire de franqueza incluso a sus mentiras); es decir, la sal, el único conservante de un carácter incapaz, por lo demás, de preservar algo.

Delegué en mi rostro la molestia de comentar aquel «sí»; o más bien, mi labio inferior se anticipó voluntariamente a mi lengua: como es natural, veneración y solemnidad no fueron los sentimientos que expresé con la mirada.

—¡Qué criatura tan sarcástica y despectiva! —prosiguió Ginevra, mientras cruzábamos una gran plaza y entrábamos en el hermoso y apacible parque, el camino más directo a la rue Crécy—. ¡Nadie en este mundo ha sido tan cruel y severo conmigo como usted!

—Usted se lo busca. Déjeme en paz, Ginevra; tenga la sensatez de callarse: yo la dejaré tranquila.

—¡Como si se pudiera dejar en paz a alguien tan misterioso y singular!


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