Villette
Villette —Cuénteme quién es, se lo ruego. No se lo diré a nadie —exclamó, aferrándose con ridÃcula tenacidad a la brillante idea de que yo estaba de incógnito; y me estrujó el brazo del que ya habÃa tomado posesión, y trató de sonsacarme una respuesta, suplicándome que le contara la verdad, hasta que me vi obligada a detenerme en el parque para soltar una carcajada. A lo largo de nuestro paseo, dio las vueltas más descabelladas al asunto; mostrando, con su obstinada credulidad o incredulidad, su incapacidad para comprender que una persona sin el respaldo de unas riquezas o un linaje, sin el sostén de un nombre o de unos familiares, pudiera persistir en una actitud razonablemente Ãntegra. En cuanto a mÃ, bastaba para mi tranquilidad espiritual que me conocieran donde realmente importaba; lo demás me resultaba indiferente: el linaje, la posición social y las dudosas adquisiciones intelectuales ocupaban más o menos el mismo espacio y lugar entre mis intereses y pensamientos. Eran mis inquilinos de tercera clase, a los que sólo podÃa asignar una salita y el pequeño dormitorio trasero: aunque el comedor y los salones estuvieran vacÃos, nunca se lo confesaba, convencida de que un alojamiento más modesto era lo que convenÃa a sus circunstancias. No tardé en comprender que el mundo hacÃa una valoración muy diferente: y no dudo de su justeza, aunque tampoco creo estar completamente equivocada.