Villette

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En aquella cena, tanto Ginevra como Paulina, cada una en su estilo, estaban bellísimas; la primera de ellas podía, tal vez, vanagloriarse de cierta supremacía en lo que se refiere a encantos físicos, pero la segunda brillaba de un modo excepcional por unos atractivos más sutiles que espirituales: por la luminosidad y elocuencia de su mirada, por la elegancia de su porte, por la irresistible variedad de su expresión. El vestido de Ginevra, de oscuro color carmesí, realzaba la belleza de sus bucles y armonizaba con su tez de rosa. El traje de Paulina —de un tejido blanco, bastante ceñido y primorosamente confeccionado— llenaba de admiración a quien la contemplaba, pues destacaba la delicadeza de su cutis, la suave viveza de su rostro, la tierna hondura de su mirada y la sombra caoba de su abundante cabellera: más oscura que la de su prima sajona, al igual que sus cejas, pestañas, grandes iris y expresivas pupilas. La naturaleza había trazado todos esos detalles con cierto descuido en el caso de la señorita Fanshawe; mientras que en el de la señorita de Bassompierre, los había perfilado con delicadeza y esmero.






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