Villette
Villette Paulina se sentía intimidada por aquellos invitados tan eruditos, pero no enmudeció: conversó modesta y tímidamente; no sin esfuerzo, pero con tanta dulzura, con tan fina y penetrante sensatez, que, en más de una ocasión, monsieur de Bassompierre interrumpió su propia charla para escuchar las palabras de su hija y observarla con orgulloso deleite. Fue monsieur M.Z., un francés muy educado, además de instruido y bastante galante, quien la animó a hablar. Me pareció encantador el francés de la joven; era impecable: la estructura correcta, los modismos justos, el acento perfecto; Ginevra, que había pasado media vida en el Continente, estaba lejos de dominarlo como su prima: no es que a la señorita Fanshawe le faltaran las palabras, pero carecía de precisión y de pureza, algo que jamás adquiriría. A monsieur de Bassompierre también le agradó esto; pues, en cuestiones de lenguaje, era muy crítico.