Villette
Villette Sin embargo, cuando llegamos a ese lugar de refugio, volvió a mostrarse apática e indiferente: desplomándose en un sofá, calificó de estúpidos el discours y la cena, y preguntó a su prima cómo podía soportar a aquel grupo de prosaicos gros bonnets[249] que su padre había reunido. Cuando oímos que los caballeros se acercaban, cesaron sus críticas: se levantó de un salto, corrió al piano y empezó a tocarlo con entusiasmo. El doctor Bretton, uno de los primeros en entrar, se colocó junto a ella. Pensé que no se quedaría a su lado mucho tiempo: había un asiento cerca de la chimenea que yo esperaba que le resultara más interesante; pero se limitó a examinarlo; y, mientras él miraba, otros lo ocuparon. La gracia y el espíritu de Paulina fascinaban a aquellos amables franceses: les complacía su belleza delicada, la suave cortesía de sus modales, su tacto, todavía inmaduro, pero auténtico e innato. Los caballeros se congregaron a su alrededor, no precisamente para hablar de ciencia, algo que la hubiera hecho enmudecer, sino de otros asuntos relacionados con la literatura, el arte y la vida real, sobre los que la joven parecía haber leído y reflexionado. Yo escuchaba. Estoy segura de que Graham, aunque se hallaba a cierta distancia, también estaba pendiente de sus palabras: su oído, al igual que su vista, era agudo, rápido, sagaz. Yo sabía que él estaba atento a la conversación; reparé en que ésta se ajustaba de forma exquisita a su naturaleza, y le proporcionaba un placer casi doloroso.