Villette

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Intentando así contener el dolor que atenazaba mi corazón, al comprender que, mientras Graham podía mostrar un interés sincero y profundo por las demás mujeres, sólo podía bromear con Lucy, su amiga de antaño, le pregunté con calma:

—¿En qué cuestiones estamos de acuerdo?

—Los dos somos muy observadores. Quizá no reconozca en mí esa cualidad, pero la tengo.

—Pero usted estaba hablando de gustos: es posible que veamos los mismos objetos y, sin embargo, los juzguemos de un modo diferente.

—Hagamos la prueba. Como es natural, usted no puede sino rendir homenaje a los méritos de la señorita Fanshawe; veamos ahora qué piensa de las demás personas que están aquí. Mi madre, por ejemplo; o aquellas grandes figuras, los señores A. y Z.; o, supongamos, esa joven pálida y menuda, la señorita de Bassompierre.

—Ya sabe lo que pienso de su madre. No he dedicado el menor pensamiento a los señores A. y Z…

—¿Y la otra persona?

—Creo que, como dice usted, es una joven pálida y menuda… pálida, sin duda, en estos momentos: tanta agitación parece haberla fatigado.

—¿La recuerda de niña?

—A veces me gustaría saber si la recuerda usted.


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