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Que yo recuerde, no me quejé a nadie de mis dificultades. Pues, en realidad, ¿a quién podía quejarme? Hacía mucho tiempo que no sabía nada de la señora Bretton. Ciertos obstáculos, levantados por terceras personas, se habían interpuesto en nuestra relación, cortándola. Además, el paso del tiempo también había traído cambios para ella: según decían, los cuantiosos bienes de los que era depositaria en nombre de su hijo, y que se habían invertido principalmente en acciones, se habían reducido hasta convertirse en una pequeña parte de la cuantía inicial. Oí casualmente el rumor de que Graham había elegido una profesión, y había abandonado Bretton con su madre para residir en Londres. De modo que no tenía a nadie a quien acudir en busca de ayuda; sólo podía contar conmigo misma. No creo que mi naturaleza fuera independiente o activa, pero las circunstancias me empujaron a la independencia y a la acción, como les ocurre a tantas personas; y cuando la señorita Marchmont, una dama soltera de la vecindad, envió a buscarme, atendí su petición con la esperanza de que me ofreciera una trabajo que yo pudiera desempeñar.






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