Villette
Villette La señorita Marchmont era una mujer adinerada que vivía en una hermosa mansión, pero hacía veinte años que el reumatismo la había convertido en una inválida, incapaz de mover manos y pies. Siempre estaba en el piso de arriba: su salón era contiguo al dormitorio. Yo había oído hablar a menudo de la señorita Marchmont y de sus rarezas (tenía fama de ser muy excéntrica), pero no la había visto nunca. Me encontré con una anciana arrugada de cabellos grises, a la que la soledad había vuelto adusta y un sufrimiento prolongado, severa, irritable, y quizá exigente. Al parecer la doncella, o más bien la dama de compañía, que la había cuidado durante varios años estaba a punto de casarse; al enterarse de lo apurado de mi situación, había enviado a buscarme con la idea de que reemplazara a esa persona. Me lo propuso después de tomar el té, cuando estábamos las dos solas, sentadas junto a la chimenea.
—No será una vida fácil para usted —me dijo con toda sinceridad—, pues requiero mucha atención y tendrá que pasar mucho tiempo encerrada; sin embargo, tal vez le parezca una existencia tolerable comparada con la que ha llevado últimamente.