Villette
Villette —Oui; j’ai la flamme à l’âme, et je dois l’avoir[254]! —contesté, volviéndome airada; pero el profesor Emanuel habÃa silbado su insulto y se habÃa marchado.
Lo peor del asunto fue que el doctor Bretton, que, como he dicho antes, tenÃa el oÃdo muy fino, captó todas las palabras de este apóstrofe; se llevó el pañuelo a la cara y se desternilló de risa.
—¡Bien hecho, Lucy! —exclamó—. ¡Fantástico! Petite chatte, petite coquette! ¡Oh, tengo que contárselo a mi madre! ¿Es cierto, Lucy, o sólo a medias? Creo que lo es: se ha puesto tan roja como el vestido de la señorita Fanshawe. Y ahora que me fijo, es el mismo hombrecillo que se mostró tan irascible con usted en el concierto; y ahora está furioso porque ve cómo me rÃo. ¡Oh, debo hacerle rabiar!
Y Graham, cediendo a su afición por las bromas, se rió a pierna suelta, lo ridiculizó y siguió cuchicheando hasta que no pude soportarlo más y mis ojos se llenaron de lágrimas.