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De pronto se puso serio: había quedado un lugar libre cerca de la señorita de Bassompierre; el círculo que la rodeaba parecía a punto de disolverse. Este movimiento fue captado en seguida por el ojo del doctor Bretton —siempre vigilante, incluso mientras se reía—; el joven se levantó y, armándose de valor, cruzó la estancia y aprovechó la oportunidad que se le ofrecía. El doctor John, a lo largo de su vida, fue siempre un hombre de suerte, un hombre de éxito. Y ¿por qué motivo? Porque jamás desperdiciaba las ocasiones que se le presentaban, estaba siempre listo para la acción y desempeñaba su trabajo con maestría. Y ninguna pasión tiránica lo esclavizaba; ningún entusiasmo, ninguna debilidad entorpecían su camino. ¡Qué apuesto estaba en aquel momento! Cuando se acercó a Paulina y ella levantó la vista, encontró la mirada de Graham, ardiente pero humilde; el rostro del joven se encendió mientras hablaba con ella, mitad sonrojo, mitad resplandor. En presencia de Paulina, se mostró tímido y audaz: discreto y prudente, pero decidido en su propósito y ferviente en su devoción. Comprendí todo esto con una sola ojeada. No prolongué mi observación; y, aunque hubiese querido, tampoco habría tenido tiempo: era muy tarde; Ginevra y yo tendríamos que haber estado ya en la rue Fossette. Me puse en pie, y me despedí de mi madrina y de monsieur de Bassompierre.


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