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No sé si el profesor Emanuel reparó en mi disgusto ante las bromas del doctor Bretton, o si se dio cuenta de mi aflicción, y de que, en general, la velada no había sido una fuente de desbordante placer para la frívola y voluble mademoiselle Lucie; pero, cuando salía de la estancia, se acercó a mí y me preguntó si tenía quien me acompañara a la rue Fossette. El profesor se dirigió a mí con suma cortesía, incluso con deferencia, como si estuviera arrepentido y quisiera disculparse; pero yo no podía olvidar su falta de consideración con unas pocas palabras, ni aceptar su contrición con un burdo y prematuro olvido. Jamás hasta entonces me habían molestado sus brusqueries, ni había enmudecido ante su violencia; lo que había dicho aquella noche, sin embargo, me parecía inadmisible: tenía que mostrarle, aunque fuera levemente, mi total desaprobación. Me limité a responder:

—Está todo organizado para mi regreso.

Lo que era cierto, pues habían previsto que Ginevra y yo volviéramos al internado en carruaje; y le hice la pequeña reverencia que solían dedicarle en classe las alumnas cuando pasaban por delante de su estrade.

Después de coger mi chal, regresé al vestíbulo. Monsieur Paul Emanuel seguía allí, como si estuviera esperando. Comentó que la noche era muy hermosa.


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