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—¿De veras? —exclamé, con un tono y unos ademanes cuya circunspección y frialdad no pude sino aplaudir. Por mucho que quisiera mostrarme indiferente o reservada cuando alguien me hacía daño, rara vez lo conseguía, por lo que me sentí casi orgullosa del éxito de mis esfuerzos. Aquel «¿De veras?» parecía haberlo pronunciado otra persona. Yo había escuchado cientos de aquellas pequeñas frases, afectadas, secas y cortantes, en los labios coralinos y fruncidos de una veintena de señoritas y mesdemoiselles autosuficientes y seguras de sí mismas. Sabía que monsieur Paul no soportaría continuar con un diálogo de esa clase; pero sin duda merecía unas palabras ásperas y agrias. Supongo que él también lo creyó así, pues aceptó silenciosamente aquella dosis. Miró mi chal y puso objeciones a su ligereza. Le contesté con decisión que era todo lo abrigado que yo quería. Alejándome de él, me apoyé en la barandilla de la escalera, me envolví en el chal y fijé la vista en un lúgubre cuadro religioso que oscurecía la pared.

Ginevra tardaba en venir: era tedioso que se demorara tanto. Monsieur Paul seguía allí, mis oídos esperaban algún exabrupto de sus labios. Se acercó a mí.

«¡Volverá a sisear!», pensé.


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