Villette

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Si no hubiera sido una descortesía, me habría tapado los oídos para evitar aquel susto. Pero nada sucede como esperamos: si estamos pendientes de un susurro o de un murmullo, oímos un grito de captura o de dolor. Si lo que aguardamos es un chillido penetrante o una furiosa amenaza, nos llega un saludo amistoso o un amable cuchicheo. Monsieur Paul me habló dulcemente:

—Los amigos —afirmó— no se pelean por unas palabras. Dígame, ¿fui yo o ce grand fat d’anglais[255] (fue así como llamó irreverentemente al doctor Bretton) quien llenó sus ojos de lágrimas e hizo que sus mejillas se encendieran tanto como ahora?

—No soy consciente de que usted, monsieur, ni ninguna otra persona haya excitado en mí esa emoción que señala —respondí, superándome a mí misma y pergeñando una hábil, fría mentira.

—Pero ¿qué le dije? —prosiguió—. Cuéntemelo. Estaba enojado: no recuerdo mis palabras; ¿cuáles fueron?

—¡Será mejor olvidarlas! —exclamé, sin inmutarme.

—Entonces ¿fueron mis palabras las que la hirieron? Olvide que las he dicho: permítame retractarme; concédame el perdón.

—No estoy enfadada, monsieur.

—Entonces es algo peor —se lamentó—. Perdóneme, señorita Lucy.


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