Villette
Villette —¿Que si creo que podrÃa ganarme su gratitud eterna? —dije—. No, no podrÃa.
Sentà que mis dedos se movÃan y mis manos se entrelazaban: sentÃ, asimismo, en mi interior un valor ardiente y vigoroso. En aquel asunto no estaba dispuesta a complacer al doctor John: en absoluto. Con mis energÃas renovadas, comprendà que él no sabÃa nada sobre mi carácter o naturaleza. Siempre querÃa asignarme un rôle[251] que no era el mÃo. Mi naturaleza y yo nos enfrentamos a él. Pero fue incapaz de adivinar mis sentimientos: no leyó mis ojos, mi rostro, mis gestos; aunque estoy segura de que todo hablaba. Inclinándose hacia mÃ, persuasivamente, dijo en voz baja:
—Complázcame, Lucy.
Y lo habrÃa hecho, o, al menos, le habrÃa explicado claramente que no debÃa esperar que yo representara el papel de soubrette[252] oficiosa en ningún drama de amor; pero, justo después de aquel suave e impaciente susurro, mezclándose casi con aquel dulce y suplicante «¡Complázcame, Lucy!», un penetrante silbido atravesó mi otro oÃdo.
—Petite chatte, doucerette, coquette! —siseó la boa constrictor—. Vous avez l’air bien triste, soumise, rêveuse, mais vous ne l’êtes pas; c’est moi qui vous le dit: Sauvage! La flamme à l’âme, l’éclair aux yeux[253]!