Villette
Villette —¡Oh! No hablamos de la «pequeña Polly» ahora. Le ruego que la llame señorita de Bassompierre; y, desde luego, un personaje tan distinguido no se acuerda en absoluto de Bretton. Mire sus grandes ojos, Lucy; ¿pueden leer una palabra en las páginas de la memoria? ¿Son los mismos que yo solÃa dirigir hacia una cartilla? Ella no sabe que, en cierto modo, yo le enseñé a leer.
—En la Biblia… ¿los domingos por la noche?
—Ahora tiene un perfil sereno, delicado, casi perfecto: ¡antaño su expresión era tan nerviosa y angustiada! Lo que son las preferencias de los niños… ¡una burbuja en el aire! ¿Querrá usted creerlo? ¡Esa dama estaba encariñada conmigo!
—SÃ, en cierta medida, estaba encariñada con usted —exclamé, prudentemente.
—Entonces, ¿no se acuerda? Yo lo habÃa olvidado, pero ahora lo recuerdo. De todos los que estábamos en Bretton, yo era su favorito.
—Eso pensaba usted.
—Lo recuerdo perfectamente. ¡Cómo me gustarÃa contárselo a ella! O mejor aún, que alguien, usted por ejemplo, se le acercara por detrás y se lo dijera al oÃdo; asà yo, sin moverme de aquÃ, disfrutarÃa del placer de observarla mientras usted le da la noticia. ¿Cree que podrÃa hacerlo, Lucy, y ganarse mi gratitud eterna?