Villette
Villette Sí, lo sabía muy bien. El inquieto hombrecillo aborrecía que le espolearan o refrenasen: con seguridad se rebelaría contra cualquier cosa urgente u obligatoria. Sin embargo, acepté la responsabilidad; no sin miedo, por supuesto, pero éste se hallaba mezclado con otros sentimientos, la curiosidad entre ellos. Abrí la puerta, entré. La cerré detrás de mí, tan rápida y silenciosamente como una mano temblorosa podía hacerlo; pues ser lenta o ruidosa, hacer chasquear un pestillo o dejar una puerta entreabierta eran circunstancias agravantes del delito, a menudo más catastróficas que este mismo. Allí estábamos, yo de pie y él sentado; era obvio que estaba de mal talante, que su humor era pésimo. Había estado explicando aritmética —pues daba cualquier materia que creyera conveniente—, y, al ser una asignatura tan árida, no podía disfrutar con ella: no había alumna que no temblara cuando hablaba de números. Estaba inclinado sobre la mesa: alzar la vista para mirar quién entraba, después de quebrantar descaradamente su voluntad y su ley, exigía un esfuerzo que de momento era incapaz de hacer. Tanto mejor: gané así un poco de tiempo para recorrer la larga clase; y, dada mi idiosincrasia, prefería ir al encuentro de su estallido de cólera que soportar de lejos su amenaza.