Villette
Villette No habÃan pasado ni diez minutos desde que se promulgara aquel decreto cuando volvieron a oÃrse por el pasillo las pantoufles francesas de Rosine.
—Mademoiselle —dijo—, no entrarÃa otra vez en esa clase aunque me ofrecieran una moneda de cinco francos: las lunettes[260] de monsieur son realmente terribles; pero han traÃdo un mensaje para él del Athénée. Le he dicho a madame Beck que no me atreverÃa a dárselo y me ha respondido que se encargarÃa usted de hacerlo.
—¿Yo? ¡De ningún modo! No está entre mis obligaciones. ¡Vamos, vamos, Rosine! Que cada uno asuma sus responsabilidades. Sea valiente… ¡vuelva a la carga!
—¿Yo, mademoiselle? ¡Imposible! Hoy le he interrumpido ya cinco veces. Madame deberÃa contratar a un gendarme para esta tarea. ¡Uf! Je n’en puis plus[261]!
—¡Bah! No es más que una cobarde. ¿Cuál es el mensaje?
—Precisamente uno de los que más le molestan: un aviso urgente para que vaya al Athénée, porque ha llegado un visitante oficial… un inspector… o algo asÃ, y monsieur tiene que verse con él; y ya sabe cómo detesta cualquier orden.