Villette
Villette Cierta mañana en que estaba sentada en el carré, terminando un bordado que una alumna habÃa dejado a medias, mientras mis dedos trabajaban en el bastidor, mis oÃdos se complacÃan escuchando los crescendos y cadencias de una voz que arengaba a la clase vecina en un tono cada vez más inquietante y agitado. Entre mà y la tormenta que se avecinaba habÃa una buena pared, además de una puerta de cristal por la que huir fácilmente al patio en caso de que ésta se desencadenara; asà que me temo que aquellos sÃntomas cada vez más claros me producÃan más regocijo que alarma. La pobre Rosine no estaba tan a salvo: aquella bendita mañana habÃa hecho cuatro veces el peligroso recorrido; y ahora, por quinta vez, tenÃa el azaroso deber de llevarse a una alumna, como si fuera un leño de la hoguera, en las narices de monsieur Paul.
—Mon Dieu! Mon Dieu! —repetÃa la portera—. Que vais-je devenir? Monsieur va me tuer, je suis sure; car il est d’une colère[258]!
Empujada por el valor que proporciona la desesperación, abrió la puerta.
—Mademoiselle La Malle au piano! —gritó.
Antes de que pudiera batirse en retirada o cerrar la puerta, se oyó en el interior del aula:
—Des ce moment, la classe est défendue. La première qui ouvrira cette porte, ou passera par cette division, sera pendue… fut-ce Madame Beck elle même[259]!