Villette
Villette Me detuve delante de su estrado; por supuesto, no era digna de su inmediata atención: continuó con sus explicaciones. El desdén no iba a servir de nada: tendría que escuchar y responder a mi mensaje.
Como no era suficientemente alta para que mi cabeza quedara por encima de la mesa, colocada sobre la tarima, y resultaba invisible donde estaba, me aventuré a dar la vuelta, con el único fin de ver mejor su rostro, que, al entrar, me había parecido guardar una intensa y pintoresca semejanza con un oscuro y cetrino tigre. Disfruté dos veces con impunidad de esta vista lateral, avanzando y retrocediendo sin que lo advirtiera; la tercera vez, cuando mis ojos empezaban a asomarse por encima de la oscura mesa, mis pupilas fueron sorprendidas y traspasadas por las lunettes. Rosine tenía razón; aquel objeto infundía un terror profundo e inmutable, mucho más intenso que la ira reflejada en los ojos de su dueño.
Descubrí ahora las ventajas de estar cerca: aquellas lunettes de miope no servían para la inspección de un delincuente en las narices de monsieur; de modo que se las quitó, y él y yo nos encontramos casi en igualdad de condiciones.