Villette

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Me alegro de no haberle tenido realmente miedo, de no haberme sentido aterrorizada en su presencia; pues, cuando reclamó la soga y la horca para ejecutar la sentencia que acababa de dictar, le ofrecí una hebra de hilo de bordar con tanta educación que no pudo sino aplacar una parte al menos de la irritación que le sobraba. Por supuesto, no hice aquel alarde de cortesía delante de todo el mundo: me limité a pasarle el hilo por detrás de la esquina de la mesa, y lo até con un nudo corredizo al respaldo de su silla.

—Que me voulez-vous[262]? —dijo, con un gruñido que quedó confinado en su garganta y en su pecho, pues no dejaba de apretar los dientes, como si se hubiera prometido a sí mismo que nada en este mundo le arrancaría una sonrisa.

Mi respuesta comenzó inflexible:

—Monsieur —dije—. Je veux l’impossible, des choses inouïes[263].

Y creyendo mejor ir directamente al grano, y echarle un jarro de agua fría con decisión, le di el mensaje del Athénée, exagerando floridamente su urgencia.

Por supuesto, no quiso saber nada. Aseguró que no iría; que no dejaría aquella clase aunque fueran todos los funcionarios de Villette a buscarlo. No se apartaría en lo más mínimo de su camino aunque se lo pidieran el rey, el cuerpo de ministros y las dos Cámaras.


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