Villette

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—Tomen su merienda, señoritas —dijo monsieur Paul, fingiendo estar muy ocupado haciendo anotaciones en el margen de su Williams Shackspire.

Profesoras y alumnas le obedecieron. Yo también acepté un panecillo y un vaso, pero, más enfrascada que nunca en mi labor, seguí en mi rincón solitario y continué trabajando mientras mordisqueaba el pan y bebía la leche, todo ello con enorme sang froid; con un aplomo que no solía mostrar y que me pareció muy agradable. La presencia de una naturaleza tan inquieta, irritable y espinosa como la de monsieur Paul parecía absorber como un imán todas las influencias febriles y perturbadoras, y dejarme únicamente las plácidas y armoniosas.

Se puso en pie: ¿pensaba marcharse sin decir nada? Sí; se dirigió a la puerta.

No: volvió sobre sus pasos; pero, quizá, solamente para coger el estuche que había olvidado sobre la mesa.

Lo cogió, guardó el lápiz, lo sacó, rompió la punta contra la madera, lo afiló de nuevo, se lo metió en el bolsillo y… se acercó rápidamente a mí.

Profesoras y alumnas, reunidas alrededor de la otra mesa, conversaban con total libertad: siempre lo hacían durante las comidas; y el constante hábito de hablar alto y deprisa en tales ocasiones no les ayudaba ahora a atenuar sus voces.


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