Villette
Villette Por supuesto, la traducción francesa era muy deficiente; y tampoco yo hice el menor esfuerzo por ocultar el desprecio que algunos de sus lamentables errores me inspiraban. No es que creyera mi deber decir algo; pero de vez en cuando se puede insinuar una opinión cuando está prohibido expresarla con palabras. Como sus lunettes estaban alerta, monsieur Paul percibió todas mis miradas de disconformidad; no creo que se perdiera una: en consecuencia, sus ojos no tardaron en desembarazarse de los cristales para poder despedir llamaradas con más libertad; y, dada la temperatura general de la estancia, se acaloró mucho más en el polo norte —donde se había desterrado voluntariamente— de lo que habría sido razonable acalorarse bajo el rayo luminoso del trópico de Cáncer.
Una vez concluida la lectura, no era fácil saber si se marcharía sin manifestar su enfado, o le daría rienda suelta. Contenerse no era uno de sus hábitos; y, sin embargo, ¿qué le había hecho para que me regañara abiertamente? No había pronunciado ni una palabra, y no creo que mereciera una reprimenda o un castigo por haber permitido moverse con mayor libertad de la habitual los músculos que rodeaban mis ojos y mi boca.
Trajeron la merienda, que consistía en pan y leche diluida en agua tibia. En consideración a la presencia del profesor, los panecillos y los vasos se pusieron sobre la mesa en lugar de repartirse inmediatamente.