Villette

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Monsieur Paul vino y se quedó detrás de mí. Me preguntó en qué trabajaba; le dije que estaba haciendo una leontina.

—¿Para quién? —me preguntó.

—Para un caballero… uno de mis amigos —respondí.

Monsieur Paul se agachó y procedió —como dicen los novelistas, y en esa ocasión fue literalmente cierto— a «sisear» en mi oreja algunas palabras injuriosas.

Dijo que, de todas las mujeres que conocía, yo era la que podía ser más horriblemente desagradable: aquella con quien resultaba más difícil vivir en armonía. Tenía un caractère intraitable y era increíblemente obstinada. Cómo me las arreglaba, o qué me llevaba a actuar así, era algo que él, por su parte, desconocía; pero, por muy pacíficas y amistosas que fueran las intenciones con que una persona se dirigía a mí, ¡crac!, yo convertía la concordia en discordia, la buena voluntad en animadversión. Él, monsieur Paul, estaba seguro de desear para mí todo lo mejor; jamás me había hecho daño a sabiendas; y podía, como mínimo, o eso creía, reclamar el derecho a ser considerado un conocido neutral, libre de sentimientos hostiles: y, sin embargo, ¡qué mal me portaba con él! ¡Qué mordaces eran mis agudezas! ¡Qué impulso de rebeldía! ¡Qué fougue[272] de injusticia!


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