Villette

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Al oír esto, no pude evitar mirarlo con los ojos muy abiertos, e incluso deslizar algunas ligeras exclamaciones:

—¿Agudezas? ¿Impulso? ¿Fougue?

—Chut! À l’instant! ¿Se da cuenta? Vive comme la poudre[273]!

Él lo sentía, lo sentía mucho: por mi propio bien, lamentaba tan desafortunada peculiaridad. Temía que aquel emportement, aquel chaleur[274] —generoso, tal vez, pero excesivo— me hiciera daño. Era una pena: en el fondo de su corazón, creía que yo tenía algunas virtudes; y, si atendiera a razones, y fuera más reposada, más sensata, menos en l’air, menos coquette, menos aficionada a exhibirse, menos propensa a fiarse de las apariencias… a dar demasiada importancia a las atenciones de las personas notables sobre todo por su elevada estatura, des couleurs de poupée, un nez plus ou moins bien fait[275], y una importante dosis de fatuidad, quizá pudiera ser aún una mujer útil, incluso ejemplar. Pero, siendo como era… Y al decir esto, se le ahogó la voz.

Yo le habría mirado, o le habría tendido la mano, o le habría dicho alguna palabra tranquilizadora; pero tenía miedo de echarme a reír o a llorar si me movía; en todo aquello, había una mezcla muy extraña de lo conmovedor y de lo absurdo.


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