Villette

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Pensé que casi había terminado: pero no; tomó asiento para proseguir con mayor comodidad.

Ya que él, monsieur Paul, había abordado aquel asunto tan desagradable, estaba dispuesto a afrontar mi ira por mi propio bien, y se atrevía a hablar de ciertos cambios que había percibido en mi vestimenta. Nada le impedía confesar que, al conocerme —o, mejor dicho, al vislumbrarme de vez en cuando—, yo le satisfacía en ese punto: la gravedad, la austera sencillez, tan obvias en ese sentido, alimentaban las mayores esperanzas para mí. Qué fatal influencia me había empujado, últimamente, a poner flores bajo el ala de mi sombrero, a llevar des cols brodés[276], e incluso a aparecer en una ocasión con un vestido escarlata, era algo que, desde luego, podía conjeturar, pero que, de momento, prefería no declarar abiertamente.

Volví a interrumpirle, y esta vez sin disimular mi horror y mi indignación.

—¿Escarlata, monsieur Paul? ¡No era escarlata! Era rosa, rosa pálido; además, el encaje negro atenuaba su intensidad.



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