Villette

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Rosa o escarlata, amarillo o carmesí, verde guisante o azul celeste, ¡qué más daba!: todos eran colores frívolos, llamativos; en cuanto al encaje que mencionaba, no era más que un colifichet de plus[277]. Y suspiró ante mi degeneración. Siguió diciendo que lamentaba no hablar con más precisión de ese tema, pues desconocía los nombres exactos de aquellas babioles[278], y posiblemente caería en pequeños errores verbales que le dejarían expuesto a mi sarcasmo, y excitarían mi naturaleza brusca y apasionada. Se limitaría a decir, en términos generales —y en esos términos generales sabía que estaba en lo cierto—, que mis vestidos habían adoptado últimamente des façons mondaines[279] que le dolía contemplar.

Reconozco que fui incapaz de adivinar qué façons mondaines había descubierto en mi vestido invernal de lana y en mi sencillo cuello blanco; y, cuando se lo pregunté, señaló que habían sido confeccionados para llamar la atención, y además, ¿acaso no llevaba un lazo o una cinta en el cuello?

—Pues si condena un lazo en una dama, monsieur, no hay duda de que desaprobará esto para un caballero —exclamé, enseñándole mi pequeña y brillante cadena de seda y oro.

Su única respuesta fue un gruñido, supongo que por mi frivolidad.


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