Villette

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Después de quedarse unos minutos en silencio, observando el progreso de la pequeña cadena, en la que yo trabajaba con más ahínco que nunca, me preguntó si lo que acababa de decir tendría como resultado que yo le odiara.

Apenas recuerdo cuál fue mi respuesta, o cómo surgió; no creo que dijera nada, pero sé que nos las arreglamos para despedirnos amistosamente: e, incluso antes de llegar a la puerta, monsieur Paul regresó para explicarme que, con sus palabras, no había querido condenar totalmente el vestido escarlata (¡Rosa, rosa!, insistí yo); y que no tenía intención de negarle el mérito de resultar bastante favorecedor (lo cierto es que el gusto de monsieur Emanuel se inclinaba por los colores vivos); que sólo deseaba aconsejarme que, siempre que lo llevara, lo hiciera con el mismo espíritu que si su tejido fuera bure[280], y su color gris de poussière[281].

—Y ¿las flores de mi sombrero, monsieur? —inquirí—. Son muy pequeñas…

—Consérvelas pequeñas entonces —replicó—. Que no crezcan demasiado.

—Y ¿el lazo, monsieur… el trocito de cinta?

—Va pour le ruban[282]! —fue su respuesta favorable.

Y así solucionamos nuestras diferencias.


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