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¡Bravo, Lucy Snowe! —exclamé en mi fuero interno—. Has venido al refectorio para oír una bonita lecture… y te has llevado un rude savon[283], y ¡todo por tu perversa afición a las vanidades mundanas! ¿Quién lo hubiera pensado? ¡Y tú que te considerabas una persona melancólica y reservada! La señorita Fanshawe cree que eres un segundo Diógenes. Monsieur de Bassompierre, el otro día, cuando estaban hablando de la locura y el desenfreno de Vastí, cambió educadamente de conversación, pues, según dijo amablemente, «la señorita Snowe parecía incómoda». El doctor Bretton te conoce como «la silenciosa Lucy», «una criatura inofensiva como una sombra»; y le has oído decir: «Los defectos de Lucy tienen su origen en la excesiva severidad de sus gustos y de sus modales, en la falta de colorido de su carácter y de sus atuendos». Ésas son las impresiones tuyas y de tus amigos; y, ¡mira por dónde!, aparece un hombrecillo con una opinión diametralmente opuesta a todos, acusándote con rotundidad de ser demasiado alegre e insustancial, demasiado voluble y versátil, demasiado aficionada a las florituras y a los brillantes colores. Ese severo hombrecillo, ese censor implacable, recoge todos tus pobres y desperdigados pecados de vanidad, tu infortunado chiffon[284] rosa, los flecos de tu guirnalda, tu pequeño trozo de cinta, tu ridículo retazo de encaje, y te llama para pedir cuentas de todos y cada uno de esos artículos. Estas acostumbrada a que pasen por tu lado como si fueras una sombra en el sol de la Vida: es una novedad ver que alguien levanta irritado la mano para protegerse los ojos, porque tú le atormentas con un rayo cegador.


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