Villette
Villette Es posible que el lector recuerde la descripción de la fête de madame Beck; tampoco habrá olvidado que todos los años se recaudaba dinero en el colegio para comprarle un bonito regalo. La observancia de ese dÃa era una distinción que sólo se concedÃa a madame Beck y, de un modo diferente, a su primo y consejero, monsieur Emanuel. En el último caso, se trataba de un honor conferido espontáneamente, no preparado ni dispuesto de antemano, y ofrecÃa una prueba adicional, entre muchas otras, de la estima que —a pesar de su parcialidad, prejuicios e irritabilidad— sentÃan las alumnas por su profesor de literatura. No se le regalaba ningún objeto de valor: él dejaba bien claro que no aceptarÃa ni plata ni joyas. Pero le complacÃa recibir algún pequeño obsequio; el coste, el valor monetario, no le impresionaba: un anillo de diamantes o una caja de rapé de oro, ofrecidos con gran pompa, habrÃan sido menos de su gusto que una flor o un dibujo entregados con sencillez y sentimientos sinceros. Asà era su naturaleza. No era un hombre sabio para su generación, pero podÃa reclamar una simpatÃa filial con la Luz que brillaba en lo alto[286].