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La fête de monsieur Paul era el uno de marzo, jueves. Amaneció un día hermoso y soleado y, como ese día de la semana asistíamos a misa por la mañana y teníamos la tarde libre, lo que nos permitía pasear, ir de compras o visitar a nuestros amigos, aquella mezcla de consideraciones motivó que todo el mundo se vistiera con mayor frescura y elegancia. Los cuellos sencillos estaban de moda; los sombríos vestidos de lana de todos los días se cambiaron por otros más ligeros y más claros. Aquel jueves, mademoiselle Zélie St Pierre se puso incluso una robe de soie[287], un artículo de peligroso lujo y esplendor en la ahorrativa Labassecour; y es más, según se comentó, envió a buscar a un coiffeur para que la peinara aquella mañana. Algunas alumnas fueron lo bastante perspicaces para descubrir que había rociado el pañuelo y sus manos con un perfume nuevo y muy en boga. ¡Pobre Zélie! En aquella época tenía la costumbre de decir que estaba terriblemente cansada de una vida de reclusión y trabajo; que deseaba disponer de medios económicos y de tiempo libre para descansar; tener a alguien que trabajara para ella: un marido que pagase sus deudas (estaba endeudada hasta las cejas), llenara su guardarropa, y la dejara en libertad, como ella decía, para goûter un peu les plaisirs[288]. Durante mucho tiempo, corrió el rumor de que tenía los ojos puestos en monsieur Emanuel. Y es cierto que monsieur Emanuel posaba a menudo los ojos en ella. Se sentaba y la observaba con perseverancia por espacio de varios minutos. He visto cómo la contemplaba durante un cuarto de hora, mientras las alumnas escribían en silencio y él estaba en su trono, sobre la tarima, sin hacer nada. Consciente siempre de esa mirada de basilisco, mademoiselle Zélie se movía sinuosamente en su asiento, medio halagada, medio perpleja, y monsieur seguía con atención sus reacciones, mostrándose en ocasiones terriblemente perspicaz; pues, en algunos casos, su intuición era de lo más penetrante, y traspasaba el último pensamiento oculto en el fondo del corazón, y distinguía bajo los floridos velos los rincones desnudos y estériles del alma: sí, y sus perversas inclinaciones, y sus ángulos más traicioneros —todo lo que hombres y mujeres no habrían sabido percibir—, la columna vertebral torcida, el miembro deforme, y mucho peor, la mancha o la desfiguración que tal vez habían causado ellos mismos. No había ninguna calamidad que monsieur Paul no compadeciera o perdonase si era reconocida con franqueza; pero cuando su mirada inquisitiva se topaba con una negativa que era falsa, cuando sus observaciones implacables desenmascaraban una mentira… ¡Entonces sí que podía ser cruel y, en mi opinión, malvado! Podía arrancar con júbilo la máscara de los pobres y acobardados infelices, empujarlos hasta un lugar elevado, y exhibirlos desnudos, en toda su falsedad —míseras mentiras vivientes—, el germen de esa horrible Verdad que no puede contemplarse desvelada. Él creía hacer justicia; en cuanto a mí, dudo que un hombre tenga derecho a tratar así a sus semejantes: en más de una ocasión, durante sus visitas, me vi obligada a llorar por sus víctimas, y no escatimé la ira y los reproches contra él. Lo merecía; pero no era fácil conseguir que se tambaleara su firme convicción de que esa labor era justa y necesaria.


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