Villette
Villette Después de desayunar y de asistir a misa, sonó la campanilla del colegio y se llenaron las aulas: la clase era todo un espectáculo. Alumnas y profesoras se hallaban sentadas, muy bien vestidas, en perfecto orden, expectantes, llevando cada una en la mano el ramillete de felicitación… las flores más hermosas de la primavera, recién cogidas, llenando el aire con su fragancia: yo era la única que no tenÃa ramillete. Me gusta ver crecer las flores, pero cuando se cortan dejan de agradarme. Las considero entonces objetos desarraigados y perecederos; su semejanza con la vida me entristece. Jamás regalo flores a aquellos que amo; jamás deseo recibirlas de un ser querido. Mademoiselle St Pierre señaló mis manos vacÃas, no podÃa creer que hubiera sido tan descuidada; sus ojos recorrieron ávidamente mi persona: seguro que en algún lugar tenÃa una flor simbólica y solitaria, algún pequeño manojo de violetas, algo con que ganar la aprobación y los elogios por mi ingeniosidad y buen gusto. La Anglaise sin imaginación no justificó los temores de la Parisienne: se sentó sin ningún obsequio, tan desnuda de flores y de hojas como los árboles en invierno. Convencida de esto, Zélie sonrió satisfecha.
—¡Cuán sabiamente ha obrado guardándose su dinero, señorita Lucy! —exclamó—. ¡Qué necia he sido malgastando dos francos en un ramillete de flores de invernadero!