Villette

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Así fue como dos sofocantes habitaciones contiguas se convirtieron en mi mundo; y una vieja inválida en mi señora, mi amiga, mi… todo. Servirla era mi deber; su dolor, mi sufrimiento; su alivio, mi esperanza; su ira, mi castigo; su estima, mi recompensa. Olvidé que había campos, bosques, ríos, mares y un cielo que cambiaba al otro lado de los cristales empañados de su habitación de enferma; casi me alegraba de no recordarlo. En mi interior, todo se empequeñeció para amoldarse a mi suerte. Dócil y callada por costumbre, disciplinada por el destino, no reclamaba paseos al aire libre; y mi apetito parecía conformarse con las minúsculas raciones que servían a la inválida. Además, podía estudiar la originalidad de su carácter: no sólo sus virtudes inalterables, sino también la intensidad de sus pasiones, que resultaban admirables, y la sinceridad de sus sentimientos, en los que se podía confiar. Todo eso tenía la señorita Marchant, y por todo eso me aferré a ella.








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