Villette
Villette Era muy generoso por su parte. Se lo dije y expresé mi gratitud. Mientras hablaba, le acometió un paroxismo de dolor. Me apresuré a atenderla; hice todo lo necesario, siguiendo sus instrucciones y, cuando se sintió aliviada, ya se había creado entre nosotras una especie de intimidad. Yo comprendí, por cómo había aguantado el ataque, que era una mujer firme y paciente (paciente con el dolor físico, aunque quizá irritable a veces por el largo sufrimiento mental); y ella descubrió, por la buena voluntad con que la socorrí, que podía despertar mi simpatía (si se la podía llamar así). Me mandó llamar al día siguiente; y reclamó mi compañía cinco o seis días seguidos. Una relación más estrecha, si bien desveló tanto defectos como excentricidades, me permitió al mismo tiempo descubrir un carácter que era fácil respetar. Aunque a veces se mostraba severa y taciturna, podía atenderla y sentarme en su compañía con esa calma que siempre nos enaltece cuando percibimos que nuestros modales, nuestra presencia y nuestro contacto complacen y tranquilizan a las personas a las que atendemos. Incluso cuando me reñía —lo que hacía de vez en cuando con gran aspereza—, sus palabras no resultaban humillantes ni ofensivas; parecía una madre irascible regañando a su hija, no una señora intransigente sermoneando a una criada: desde luego no sermoneaba, aunque algunas veces montaba en cólera. Además, siempre había cierta racionalidad en sus arrebatos: era lógica incluso cuando estaba furiosa. Al poco tiempo, un sentimiento creciente de afecto empezó a arrojar una nueva luz sobre la idea de ser su compañera; al cabo de otra semana, acepté quedarme a su lado.