Villette

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Yo habría podido solucionar todo, dando un paso adelante y entregándole con disimulo la cajita rosada de concha que, en aquellos instantes, agarraba fuertemente con la mano. Era lo que había planeado hacer; pero, al principio, el lado cómico de la conducta de monsieur Paul me había inducido a esperar un poco; y, ahora, la presuntuosa intromisión de mademoiselle St Pierre suscitaba mi rebeldía. Como el lector no ha tenido hasta el momento ningún motivo para atribuir al carácter de la señorita Snowe la menor pretensión de ser perfecto, apenas le sorprenderá saber que se sintió demasiado malvada para defenderse de cualquier acusación que la parisina quisiera formular: además, monsieur Paul se había puesto tan trágico, y se había tomado tan en serio mi deslealtad, que merecía que le hiciera rabiar. Así, pues, conservé tanto mi cajita como la calma, y seguí sentada, insensible como una piedra.

—¡Está bien! —dejaron finalmente escapar los labios del profesor.

Después de pronunciar esa frase, la sombra de un terrible paroxismo —una oleada de indignación, desprecio, determinación— atravesó su frente, frunció sus labios y llenó de surcos sus mejillas. Reprimiendo cualquier otro comentario, inició su discours habitual.


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