Villette
Villette No recuerdo nada de lo que dijo; no le escuché: el proceso de tragarse sus palabras, el brusco rechazo de su mortificación y de su ira, despertaron en mà una sensación que contrarrestaba en cierto modo el ridÃculo efecto del insistente «Est-ce là tout?».
Hacia el final del discurso ocurrió un incidente que volvió a llamar mi atención.
Debido a algún pequeño movimiento fortuito —creo que se me cayó el dedal al suelo y, al agacharme para recogerlo, me golpeé la coronilla contra la afilada esquina del pupitre; ese accidente (exasperante para mÃ, y ¡con razón!) ocasionó, como es natural, cierto bullicio—, monsieur Paul se enojó y, abandonando su forzada ecuanimidad, y arrojando al viento aquella dignidad y aquel dominio de sà mismo que nunca quiso que fueran una carga para él, eligió el camino que más podÃa tranquilizarle.
No sé cómo, en el transcurso de su discours, se las habÃa ingeniado para cruzar el canal y desembarcar en tierra británica; pero allà lo encontré cuando empecé a escucharlo.
Recorriendo el aula con una rápida y cÃnica mirada —una mirada punzante, o eso pretendÃa, al tropezarse con mis ojos—, cayó con furia sobre les Anglaises.