Villette
Villette Jamás he oÃdo tratar a las mujeres inglesas como lo hizo monsieur Paul aquella mañana: no les perdonó nada —ni su inteligencia, ni su conducta, ni sus modales, ni su fÃsico—. Recuerdo especialmente los improperios que lanzó contra su elevada estatura, sus largos cuellos, sus delgados brazos, sus desaliñados vestidos, su pedante educación, ¡su impÃo escepticismo!, su insoportable orgullo y su pretenciosa virtud. Y, mientras decÃa todo eso, le rechinaban malévolamente los dientes, y daba la impresión de que, de haberse atrevido, habrÃa dicho cosas realmente singulares. ¡Oh! Estuvo rencoroso, mordaz, virulento; y, como consecuencia natural, espantosamente feo.
«¡Qué hombrecillo tan malo y cargado de veneno! —pensé—. ¿Acaso cree que puede preocuparme el miedo a disgustarle o a herir sus sentimientos? Desde luego que no; será indiferente para mÃ, como el más mÃsero de los ramilletes de flores de su pirámide».