Villette
Villette Toda la clase se quedó estupefacta. Supongo que creyeron que había perdido el juicio. El profesor sacó el pañuelo, y sonrió diabólicamente a sus pliegues. ¡Pequeño monstruo de maldad! Pensaba que había conquistado la victoria, pues había conseguido enfurecerme. En un instante, recuperó el buen humor. Con enorme frialdad, siguió hablando de sus flores; se refirió poética y simbólicamente a su dulzura, perfume, pureza, etcétera; hizo afrancesadas comparaciones entre las jeunes filles y los exquisitos capullos que había en la mesa; dedicó a mademoiselle St Pierre un hermoso cumplido por la superioridad de su ramo; y terminó anunciando que el primer día verdaderamente templado y agradable de la primavera llevaría a toda la clase a desayunar en el campo.
—A aquellas personas, al menos —añadió con énfasis—, que pueda contar entre mis amistades.
—Donc je n’y serai pas[292] —exclamé, involuntariamente.
—Soit[293]! —fue su respuesta.
Y, cogiendo las flores en sus brazos, salió como un rayo del aula; mientras yo, después de guardar mi labor, las tijeras, el dedal y la cajita abandonada dentro del pupitre, subí a mi dormitorio. No sé si él estaba furioso y contrariado, pero, desde luego, yo lo estaba.