Villette

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Pero ¡extraño dolor!, cuando aquella pesada y brumosa aurora empezó por fin a dar paso al día; cuando mis facultades comenzaron a luchar por sí mismas, y me sentí fuerte y realizada; cuando voluntariamente doblé, tripliqué, cuadripliqué las tareas que él me adjudicaba, convencida de que así le complacía, su gentileza se convirtió en severidad; en lugar de un rayo de luz, sus ojos despidieron chispas; y se irritó, se enfrentó a mí, me obligó a someterme. Cuanto más hacía, cuanto más duramente trabajaba, menos satisfecho se mostraba. Atormentó mis oídos con unos sarcasmos cuya dureza me llenó de asombro y perplejidad; y luego brotaron de sus labios las más amargas indirectas contra «el orgullo del intelecto». Me amenazó vagamente con no se qué fatalidad si alguna vez traspasaba los límites que convenían a mi sexo y concebía un apetito clandestino por los conocimientos poco femeninos. ¡Ay! Yo no tenía semejante apetito. Lo que me gustaba, no quería ahorrar esfuerzos para dominarlo; pero la noble sed de ciencia en abstracto —el anhelo divino que sigue al descubrimiento— era un sentimiento del que sólo conocía algunos breves destellos.

Sin embargo, cuando oía las burlas de monsieur Paul, ansiaba que ese apetito me dominara; su injusticia despertaba en mí ambiciosos deseos: constituía un poderoso estímulo, daba alas a la aspiración.


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