Villette

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Al principio, antes de que comprendiera el motivo, sus inexplicables burlas me apenaban sobremanera, pero luego sólo calentaban la sangre en mis venas, y aceleraban los latidos de mi corazón. Fueran cuales fueran mis capacidades —femeninas o todo lo contrario—, me las había dado Dios, y estaba decidida a no avergonzarme de ninguna facultad que me hubiera conferido Él.

El combate fue encarnizado durante algún tiempo. Yo parecía haber perdido el afecto de monsieur Paul; me trataba de un modo extraño. En sus momentos de mayor injusticia, insinuaba que yo le había engañado aparentando ser lo que él llamaba faible —es decir, incompetente—; decía que yo había fingido una falsa ineptitud. De nuevo, se daba bruscamente la vuelta y me acusaba de las imitaciones más retorcidas y de los plagios más increíbles, afirmando que yo había extraído la esencia de unos libros de los que nunca había oído hablar, y cuya lectura me habría hecho caer inexorablemente en un sueño tan profundo como el de Eutico[304].

En cierta ocasión, al oírle proferir esa acusación, me sublevé… me alcé contra él. Sacando sus libros de mi pupitre, llené mi delantal con ellos y los amontoné en el estrado, a sus pies.

—Lléveselos, monsieur Paul —exclamé—, y no vuelva a darme lecciones. Nunca le he pedido que me enseñara, y usted me hace sentir muy profundamente que el saber no es la felicidad.


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