Villette

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Regresando a mi mesa, apoyé la cabeza en los brazos, y estuve dos días sin hablarle. Él me disgustaba y entristecía. Su afecto había sido muy dulce y muy querido, un placer nuevo e incomparable: ahora que parecía haberlo retirado, sus lecciones me daban igual.

Los libros, sin embargo, no se los llevó; fueron devueltos cuidadosamente a su sitio, y él volvió como de costumbre a darme clase. No sé cómo hizo las paces conmigo… tal vez con demasiada facilidad; debería haberme resistido más, pero cuando se mostraba amable y bondadoso, y me tendía la mano con cordialidad, mi memoria se negaba a recordar con la debida intensidad sus momentos más despóticos. Y, además, ¡la reconciliación siempre es tan dulce!

Cierta mañana, recibí una invitación de mi madrina para asistir a una importante conferencia que iba a pronunciarse en el mismo edificio público antes descrito. El doctor John trajo en persona el mensaje, y se lo comunicó verbalmente a Rosine, quien no vaciló en seguir los pasos de monsieur Emanuel, que en aquellos momentos se dirigía al primer curso, y, en su presencia, se colocó carrément[305] delante de mi pupitre, con las manos en el bolsillo del delantal, y me dio el recado, con descaro y en voz alta; sus últimas palabras fueron:

Qu’il est vraiment beau, mademoiselle, ce jeune docteur! Quels yeux - quel regard! Tenez! J’en ai le coeur tout ému[306]!


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