Villette
Villette Cuando se marchó, el profesor me preguntó por qué toleraba que cette fille effrontée, cette créature sans pudeur[307], me hablara en ese tono.
No podÃa darle una respuesta conciliadora. Era el tono que Rosine —una joven dama en cuya mollera no estaban muy desarrollados los órganos del respeto y la prudencia— tenÃa la costumbre de emplear. Además, todo lo que habÃa dicho sobre el joven doctor era verdad. Graham era guapo: tenÃa unos hermosos ojos y una mirada electrizante. Un comentario sobre eso escapó de mis labios:
—Elle ne dit que la vérité —dije.
—Ah! Vous trouvez?
—Mais, sans doute[308].
La lección de aquel dÃa era tan árida que todas nos alegramos cuando llegó a su fin. Al terminar, las alumnas se apresuraron a marcharse, medio temblorosas, medio exultantes. Yo también me disponÃa a salir. Una orden de quedarme me detuvo. Murmuré que necesitaba un poco de aire fresco… la estufa estaba al rojo vivo, el ambiente de la clase era asfixiante. Una voz inexorable me aconsejó que guardara silencio; y aquella salamandra (a la que ninguna habitación parecÃa demasiado calurosa), sentada entre mi pupitre y la estufa (un lugar en el que deberÃa haberse achicharrado, pero no lo hizo), procedió a enfrentarme con… ¡una cita en griego!