Villette
Villette A monsieur Paul le carcomía la terrible sospecha de que yo sabía griego y latín. De igual modo que, según dicen, los monos poseen la capacidad de hablar, pero lo ocultan porque temen que eso les perjudique, a mí se me atribuía un cúmulo de conocimientos que, vergonzosa y astutamente, escondía. El profesor insinuaba que yo había disfrutado de los privilegios de una educación «clásica», y me había deleitado con las flores del Himeto[309]; un depósito dorado, almacenado en la colmena de la memoria, sustentaba ahora silenciosamente mis esfuerzos y alimentaba mi ingenio en privado.
Monsieur Paul empleó toda clase de artimañas para descubrir mi secreto: adularme, amenazarme, intentar sonsacarme. Algunas veces dejaba libros en latín y griego en mi camino, y luego me vigilaba, del mismo modo que los guardianes de Juana de Arco la tentaron con el traje de guerrero, y luego se quedaron al acecho. De nuevo aludía a no sé qué autores y fragmentos y, mientras recitaba sus dulces y sonoros versos (las notas clásicas salían melodiosamente de sus labios, pues tenía una hermosa voz, notable por su ritmo, modulación y expresión incomparable), clavaba en mí una mirada escrutadora, penetrante y a menudo maliciosa. Era ostensible que a veces esperaba grandes demostraciones por mi parte; sin embargo, nunca se producían; al no comprender nada, sus palabras no podían cautivarme o disgustarme.