Villette
Villette —¡Silencio! —musité con nerviosismo, dejando la labor e intentando en vano que mis oÃdos no oyeran aquel gemido sutil y penetrante. HabÃa oÃdo aquel mismo lamento con anterioridad, y una observación forzosa me habÃa llevado a elaborar una teorÃa sobre lo que presagiaba. En tres ocasiones a lo largo de mi vida, los acontecimientos me habÃan enseñado que aquellos extraños sonidos en medio de la tormenta, aquel grito inquieto y desesperado, anunciaban la llegada de una atmósfera muy poco propicia para la vida. Estaba convencida de que un viento del este jadeante, lloroso, atormentado, lastimero, era a menudo heraldo de enfermedades epidémicas. De ahà surgÃa, deduje, la leyenda de Banshee[7]. CreÃa haber notado, asimismo (aunque no era lo bastante avezada en filosofÃa para saber si existÃa alguna relación entre esas circunstancias), que a menudo tenÃamos noticia al mismo tiempo de graves actividades volcánicas en lejanos lugares, o de rÃos que se desbordaban repentinamente, o de extrañas mareas que inundaban con furia las costas bajas. «Nuestro planeta —me decÃa— parece desgarrarse y sumirse en el caos en esos perÃodos; los débiles desaparecen bajo el aliento abrasador de los volcanes llameantes».
Yo escuchaba, temblando; la señorita Marchmont dormÃa.