Villette
Villette Alrededor de la medianoche, la tormenta amainó, y media hora más tarde reinaba un silencio sepulcral. El fuego, convertido en rescoldos, se avivó con intensidad. Noté un cambió en el aire y agucé los sentidos. Alcé persiana y cortina para mirar por la ventana, y vi en las estrellas el acerado brillo de una intensa helada.
Al volverme, mis ojos se posaron en la señorita Marchmont, que se hallaba despierta, tratando de levantar la cabeza y mirándome con una gravedad poco habitual.
—¿Hace buena noche? —preguntó.
Respondà afirmativamente.
—Eso me parecÃa —dijo ella—, me siento tan fuerte… tan bien… Ayúdeme a incorporarme. Me siento joven esta noche —añadió—, joven, feliz, de buen humor. ¿Y si mi enfermedad cediera y yo estuviese destinada a disfrutar aún de cierta salud? ¡SerÃa un milagro!
«Y ésta no es época de milagros», pensé yo, extrañada de oÃrla hablar asÃ. Ella dirigió la conversación hacia el pasado, cuyos incidentes, escenarios y personajes parecÃa recordar con singular viveza.