Villette
Villette Asà que no hablaré más de este asunto. Conviene hacer sin miedo las cuentas de nuestra vida de vez en cuando, y saldarlas honradamente. Y no es más que un pobre estafador quien se miente al sumar o restar las partidas, y pone en el apartado de la felicidad lo que es sufrimiento. Llamad a la angustia, angustia; y a la desesperación, desesperación; escribid las dos palabras con letra grande y trazo firme: pagaréis mejor vuestra deuda con el Destino. Falsead la verdad; escribid «privilegio» donde deberÃais haber puesto «dolor»; y ya veréis si vuestro poderoso acreedor tolera el engaño, o acepta la moneda con que pretendéis embaucarle. Si ofrecéis agua al más fuerte —aunque sea el ángel más oscuro de las huestes divinas— cuando os ha pedido sangre, ¿acaso la beberá? No cambiarÃa un mar entero por una gota escarlata. Dejé otra cuenta saldada.
Deteniéndome ante Matusalén —el gigantesco patriarca del jardÃn— y apoyando mi frente contra su nudoso tronco, mi pie descansó en la piedra que sellaba el pequeño sepulcro en sus raÃces; y recordé el sentimiento que habÃa enterrado allÃ. Recordé al doctor John; mi tierno cariño por él, mi fe en su excelencia; mi deleite ante su gentileza. ¿Qué habÃa sido de aquella curiosa y desigual amistad, mitad mármol, mitad vida; para una de sus partes sincera… para la otra, tal vez, burla?