Villette
Villette ¿Había muerto aquel sentimiento? No lo sé, pero estaba enterrado. A veces la tumba parecía agitarse, y me perseguían extraños sueños de tierra removida, y de cabellos, dorados y aún vivos, asomándose por las rendijas del féretro.
«¿Me habré precipitado?», solía preguntarme.
Y esas palabras me atormentaban especialmente después de alguna entrevista fortuita con el doctor John. Seguía siendo tan guapo y tan amable; pronunciaba mi nombre de un modo tan encantador; nunca me gustaba tanto «Lucy» como cuando él lo decía. Pero, con el tiempo, aprendí que aquella benevolencia, aquella cordialidad, aquella música no me pertenecían en modo alguno: eran una parte de sí mismo, la miel de su carácter, el bálsamo de su afable humor; lo ofrecía como el fruto maduro premia con néctar a la abeja que roba; lo esparcía a su alrededor como las plantas despiden su dulce perfume. ¿Acaso la nectarina ama la abeja o el pájaro que alimenta? ¿Está la eglantina enamorada del aire?
«Buenas noches, doctor John; es usted bueno, es usted atractivo; pero no es mío. ¡Buenas noches, y que Dios le bendiga!».
Terminé así mis cavilaciones.
—Buenas noches —susurraron mis labios.
Me oí decir esas palabras, y luego respondió un eco… a escasa distancia.