Villette
Villette —Buenas noches, mademoiselle; o, más bien, buenas tardes, el sol acaba de ponerse; espero que haya dormido bien…
Me sobresalté, pero mi agitación duró sólo unos instantes; conocÃa tanto la voz como a su dueño.
—¿Dormido, monsieur? ¿Cuándo? ¿Dónde?
—No me extraña que pregunte cuándo y dónde. Parece que convierte usted el dÃa en noche, y elige una mesa como almohada; resulta bastante dura, ¿no?
—Alguien la ablandó para mÃ, monsieur, mientras dormÃa. Ese duende invisible que ronda mi pupitre y lo llena de regalos se acordó de mÃ; al despertar, tenÃa una almohada debajo de la cabeza y estaba tapada.
—¿No tuvo frÃo con los chales?
—No tuve ningún frÃo. ¿Quiere que le dé las gracias?
—No. Estaba muy pálida mientras dormÃa; ¿echa de menos su hogar?
—Para echarlo de menos, es preciso tenerlo; yo no lo tengo.
—Entonces necesita mucho más de los cuidados de un amigo. Creo que no conozco a nadie, señorita Lucy, que necesite un amigo tanto como usted; sus imperfecciones lo requieren, de forma imperiosa. Es preciso controlarla, guiarla, dominarla.